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domingo, 8 de abril de 2018

POST DEL 8-5-2015 - TERRITORIOS SOLITARIOS - ORSON WELLES Y FRANCIS FORD COPPOLA: LA GENIALIDAD INCOMPRENDIDA

Este post fue publicado, originalmente, el 8-5-2015, en la web civiNova - La ciudad de la cultura.

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Con esta entrada, tengo el placer de iniciar en civiNova – La ciudad de la cultura una nueva sección dedicada al cine. Su nombre, Territorios solitarios, ya avisa de que nos alejaremos de las carreteras transitadas y viajaremos por rutas extrañas y poco populares. Puede ser que hablemos de títulos conocidos pero los veremos desde una perspectiva insólita o inusual.

He estado dándole muchas vueltas sobre qué tema tratar en esta primera entrada y las noticias de los últimos días me han ayudado a elegirlo. Por un lado, el pasado 6 de mayo supimos que Francis Ford Coppola había recibido el Premio Princesa de Asturias de las Artes. Por otro, en este 2015 se celebran los 100 años del nacimiento de Orson Welles. Dentro de las diferencias que existen entre ambos cineastas, creo que ambos tienen rasgos comunes que pueden servir para explicar cuál va a ser el espíritu de este blog.



Orson Welles realizó Ciudadano Kane (1941), su gran clásico, con sólo 24 años. Francis Ford Coppola, con 40 años, ya había realizado El Padrino (1972), La conversación (1974), El Padrino. Parte II (1974) y Apocalypse Now (1979). Convencionalmente, se suele decir que la trayectoria posterior de ambos realizadores está por debajo de esos títulos. Y, posiblemente, sea cierto. Pero hay dos aspectos (íntimamente relacionados) en los que no se suele acertar sobre ambos maestros. El primero, que sus cumbres artísticas, además de sus brillantes aportaciones personales, son puntos de encuentro de múltiples líneas anteriores, de numerosas innovaciones que sólo en los títulos mencionados adquirieron pleno sentido.

Es imposible comprender Ciudadano Kane sin las películas dirigidas por William Wyler en el período 1937-1940 con el concurso de Gregg Toland - Calle sin salida (1937), Cumbres borrascosas (1939) o El forastero (1940) -, Ernest Haller – Jezabel (1938) – o Tony Gaudio – La carta (1940) – como directores de fotografía o las películas de John Ford de su etapa que podríamos denominar expresionista – La patrulla perdida (1934), El delator (1935), La diligencia (1939)-.

A su vez, el cuarteto magistral de Coppola supone la asimilación plenamente madura de muchas de las influencias del cine europeo de posguerra dejando a un lado un mero efecto mimético o comercial, de forma que encontramos ecos de Iván el Terrible (1945) y de La conjura de los boyardos (1958) de Sergei M. Eisenstein, de Rocco y sus hermanos (1960) y El gatopardo (1963) de Luchino Visconti, de Salvatore Giuliano (1962) de Francesco Rosi, de Blow-Up (1955) de Michelangelo Antonioni y de los grandes dramas psicológicos de Ingmar Bergman y de las innovaciones introducidas por la nouvelle vague francesa. Asimismo, no hay que olvidar la influencia del propio Welles (recordemos que el primer proyecto que este quiso abordar fue la adaptación de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad y que Apocalypse Now es una adaptación encubierta de dicho relato) y de Elia Kazan (especialmente, de América, América – 1963 - ).

Por ello, las obras magnas de ambos directores suponen no sólo el final de varios caminos sino, probablemente, el punto más elevado y glorioso que esos caminos nunca llegaron a imaginar. Una vez que se alcanzaron esas cumbres, Welles y Coppola, en vez de amanerarse y repetir una y otra vez la misma película, decidieron abordar nuevos caminos, ensayar nuevas experiencias cinematográficas y discurrir por sendas desconocidas e inciertas. Es por este motivo que toda la obra posterior de ambos directores es irregular y contradictoria. Porque los resultados de toda nueva ruta pueden llevar a un paisaje maravilloso o a un rincón inhóspito. Sin embargo, decidieron asumir el riesgo.

Hoy, ver Mr. Arkadin (1955), Sed de mal (1958), El proceso (1962), Campanadas a medianoche (1965), Una historia inmortal (1968) o Fraude (1973) de Welles es encontrar el origen de muchas tendencias cinematográficas que se desarrollaron en años posteriores. Revisar Corazonada (1981), Rebeldes (1983), La ley de la calle (1983), Cotton Club (1984), Tucker, un hombre y su sueño (1988), Drácula (1992), El hombre sin edad (2007), Tetro (2009) o Twixt (2011) de Coppola es detectar hallazgos que se están desarrollando ahora o que aún están pendientes de desarrollar.

Pudiendo vivir de su grandeza, estos dos directores prefirieron dirigirse a territorios solitarios, con la convicción de que su talento no debía estar al servicio de alimentar su propia vanidad sino de la búsqueda de nuevas fronteras para el séptimo arte. Las críticas negativas hacia sus respectivas segundas etapas no son más que la confirmación de que la soledad siempre está asociada a la incomprensión hacia el esfuerzo estético. Casi ningún crítico ha entendido que la irregularidad achacada no es más que la consecuencia inevitable de la vocación asumida. La soledad de estos dos genios es paralela a la soledad de otros muchos directores que, adelantándose a su tiempo o dando la espalda al mismo, optaron por seguir su propia intuición antes que los dictados de su época. De todos ellos, hablaremos en las entradas posteriores de esta sección con el ánimo de que descubran que, aparte de los llamados clásicos, hay otros títulos que también nos pueden proporcionar placeres inesperados y sugerentes.



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