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martes, 10 de abril de 2018

POST DEL 1-12-2015: TERRITORIOS SOLITARIOS - LA IMAGEN MALDITA DEL SUICIDIO


Afirmaba Syd Field en su clásica obra El libro del guión que, de cara a vender el libreto escrito por el guionista, era preferible que las películas desembocaran en un final feliz. Sin embargo, en muchas ocasiones, los desenlaces se mueven en el terreno de la ambigüedad: es difícil determinar si el final de la historia es positivo o negativo. Como en la vida misma, puede moverse en un terreno de tonalidad gris. Sin embargo, hay una excepción obvia: cuando la película termina con el suicidio del protagonista, no cabe hacer matices sobre si hay algún aspecto reconfortante en la historia que hemos contemplado. Observemos que hablamos del suicidio y no meramente de la muerte. Hay ejemplos en que la muerte puede ser un acto de heroísmo o generosidad. Pero el suicidio es algo diferente. Este retraimiento de la vida sobre sí misma, su renuncia a ser lo que es, suele despertar en todos nosotros un malestar y un rechazo intuitivo que provoca que no acabemos teniendo buen recuerdo de la película que acabamos de ver. Por ello, este no es un tema que el cine haya tratado con excesiva profusión. Más bien, habría que decir que lo ha eludido consciente y deliberadamente.

Hay muchos títulos donde un suicidio (o un intento frustrado) tienen presencia en la trama: por supuesto, en todas las versiones de Ana Karenina (las mejores serían la de 1935, de Clarence Brown – con Greta Garbo-, la de 1948 de Julien Duvivier, la de 1997 de Bernard Rose y la de 2012 de Joe Wright) o de Madame Bovary (a destacar la de 1933 de Jean Renoir, la de 1949 de Vincente Minnelli y la de 1991 de Claude Chabrol) pero también en Umberto D (1952) de Vittorio de Sica, El apartamento (1960) de Billy Wilder, Esplendor en la hierba (1961) de Elia Kazan, Dos semanas en otra ciudad (1962) de Vincente Minnelli, Lilith (1964) de Robert Rossen, El compromiso (1969) de Elia Kazan, El último tango en París (1972) de Bernardo Bertolucci, Gente corriente (1980) de Robert Redford, La decisión de Sophie (1982) de Alan J. Pakula, Wetherby (1985) de David Hare, La chaqueta metálica (1987) de Stanley Kubrick, Jude (1996) de Michael Winterbottom, Las vírgenes suicidas (1999) de Sofia Coppola, Contra la pared (2004) de Fatih Akin, Caché (2005) de Michael Haneke, La caja Kovak (2006) de Daniel Monzón o Agosto (2013) de John Wells.

Sin embargo, si queremos hablar de películas que hablan de frente del tema del suicidio, lo convierten en elemento esencial de la trama y lo tratan sin dulcificarlo de ningún modo son las cuatro que vamos a comentar a continuación.

(Evidentemente, vamos a hacer spoilers de las películas que vamos a citar a continuación, circunstancia de la que aviso por si quieren seguir leyendo o no.)

Desde el punto de vista cronológico, la primera de ellas es Alemania, año cero (1948) de Roberto Rossellini. Esta película es un retrato de la Alemania inmediatamente posterior al final de la II Guerra Mundial y la caída del nazismo, un entorno donde conviven la miseria física, consecuencia de la guerra, y la degradación moral, reflejo de la infamia generada por el régimen hitleriano. El dramatismo del argumento queda trágicamente reforzado al ser el niño protagonista quien, al final, opta por el suicidio como salida a un drama que lo desborda. Funcionando aquí esa opción como metáfora de una Alemania que ha aniquilado las esperanzas y sueños de su juventud, lo relevante en este caso es la denuncia que se hace del contexto. Es ese contexto el que conduce al protagonista a su espeluznante desenlace y, en este sentido, Alemania, año cero, como la mayoría de los títulos del neorrealismo italiano, es una película combativa que invita al espectador a que luche contra unas circunstancias injustas e inmorales. Dentro de la tragedia, la moraleja, vamos a decir, positiva del film sería que, si logramos cambiar esas circunstancias, no tendremos que asistir a hechos como los que se nos narra con crudeza y amargura. Asistimos a un momento terrible pero es un llamamiento a la acción.







Las horas (2002) de Stephen Daldry también es una película combativa. Utilizando como molde la vida de Virginia Woolf y su novela La señora Dalloway (1925), la trama se desarrolla en tres momentos temporales (conectados a través de la obra citada) y, en todos ellos, hay un personaje que se plantea acabar con su vida. Aquí, será la condición sexual de esos personajes, la sensación de marginación que les provoca y, sobre todo, la infelicidad que les provoca no vivir de modo acorde con sus sentimientos lo que les empujará a pensar en tomar una terrible decisión. Observemos que también aquí es el contexto el que, realmente, blande el arma y efectúa el disparo metafórico que acaba abruptamente con una vida. Es esa tendencia a estigmatizar al diferente, al que no es como la mayoría, la causa del problema y, por tanto, Las horas es una invitación, como era Alemania, año cero, aunque en un sentido distinto, de respetar la libertad y las opciones vitales de quienes quieren seguir su propio camino sin estorbar el camino de los demás. Como la película de Rossellini, es una denuncia contra los mecanismos sociales que impiden la autorrealización y plenitud de los individuos.






Pero, sin duda alguna, las películas más amargas y pesimistas son Fuego fatuo (1963) de Louis Malle y Oslo, 31 de agosto (2011) de Joachim Trier.





Ambas películas están íntimamente relacionadas porque son sendas adaptaciones de la misma novela: El fuego fatuo (1931) de Pierre Drieu La Rochelle. Este polémico escritor francés colaboró con los alemanes en la época del régimen de Vichy y esta circunstancia, su desencanto con el nazismo y la derrota final de este se relacionan con su propio suicidio en 1945 (el cual ejecutó con éxito después de dos intentos fallidos).

En la película de Malle, el protagonista (interpretado por un magnífico Maurice Ronet) está inmerso en un proceso de cura de su alcoholismo. Pero dicho problema no es más que el eco de un problema mucho mayor para él: su falta de inspiración como escritor y su incapacidad para seguir creando algo valioso. Es decir, si en Alemania, año cero o Las horas el suicidio es la consecuencia de una estructura social, aquí lo vemos desde una óptica estrictamente personal. Mientras Maurice Ronet se va despidiendo (sin que parezca una despedida) de sus amigos y conocidos, vamos viendo cuál es la diferencia esencial entre el protagonista y el resto de personajes: estos aceptan unas circunstancias vitales que no son las que soñaban cuando eran jóvenes y demuestran tener tolerancia a la frustración mientras que el protagonista no es capaz de engañarse a sí mismo dando por bueno un mundo que no era el que había previsto. Hasta cierto punto, el suicidio es un acto de afirmación individual que pretende expresar su rechazo hacia el entorno donde le ha tocado vivir.





Sin embargo, Oslo, 31 de agosto hace una lectura mucho más ácida de la historia. Siguiendo en su trama un esquema parecido al de la película de Malle, en esta película noruega el alcoholismo del protagonista original es sustituido por un problema de drogadicción. Frente a la falta de inspiración del personaje interpretado por Maurice Ronet, en Oslo, 31 de agosto el protagonista sufre de una falta de deseo o de cualquier tipo de apetencia. Se podría afirmar que eran las drogas las que daban sentido a su vida y, cuando ya no puede disponer de ellas, no encuentra ningún tipo de aspiración que colme su espíritu. Oslo, 31 de agosto plantea de modo radical la naturaleza esencial del suicidio: la pérdida del ansia de vivir, la ausencia absoluta de expectativas y la pérdida del impulso inconsciente que empuja a cualquier ser humano a seguir adelante. La secuencia final de esta película resume, con desconcertante gelidez (de un modo que recuerda el desenlace de La metamorfosis de Kafka), el sentimiento que embarga al suicida en su último momento: él se va mientras el mundo sigue rodando indiferente ante el destino de alguien que ya no pertenece a él, de alguien que sobra en unas estructuras en las que no tiene cabida, de alguien que sólo puede esperar la soledad y la marginación. El mostrar ese abismo al que sólo se asoman las almas rotas no suele ser un plato emocional de buen gusto y, por ello, el cine lo elude sabiendo que el gran público daría la espalda a historias tan angustiosas. Por ello, no está de más recordar estos títulos porque afrontan con valentía un tema que muy pocos tienen el coraje de abordar.

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