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viernes, 18 de octubre de 2013

CANÍBAL (o, a veces, un cadáver pesa menos que un corazón destrozado *)



CANÍBAL (o, a veces, un cadáver pesa menos que un corazón destrozado *)


TÍTULO: Caníbal. TÍTULO ORIGINAL: CaníbalAÑO: 2013. NACIONALIDAD: España- Rumanía-Rusia-Francia. DIRECCIÓN: Manuel Martín Cuenca. GUIÓN: Alejandro Hernández Díaz y Manuel Martín Cuenca. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Antonio de la Torre, Olimpia Melinte, Alfonsa Rosso, Delphine Tempels, Joaquín Núñez, Yolanda Serrano, Gregory Brossard, Manuel Solo. PÁGINA WEB OFICIAL: http://golem.es/canibal/.


Manuel Martín Cuenca es un director especializado en retratar heridas sin cicatrizar, en heridas que permanecen ocultas al espectador, incluso a los propios protagonistas de sus películas, haciendo imposible su cura y remedio. A los films del director almeriense les son aplicables los versos de Antonio Machado que dicen aquello de que “… borrada la historia/contaba la pena”. En Malas temporadas (2005), éramos testigos de cómo una serie de personajes se sentían fuera de lugar, desconectados del mundo, traumatizados por acontecimientos que no se nos desvelaban, paralizados en su  propia frustración, quedando todas las tramas resumidas y simbolizadas en la historia del adolescente que se negaba a salir de su cuarto. En La mitad de Óscar (2010), dos hermanos excelsamente interpretados por Verónica Echegui y Rodrigo Sáenz de Heredia nos transmitían una complicada historia familiar con una grandiosa sutileza, revelándonos el drama escondido sólo casi al final de la película con un gesto (con un simple gesto) que explicará los silencios, las miradas esquivas y los miedos reprimidos. El estilo depurado del que ha hecho gala este director llega a su máxima expresión con la terrible historia que cuenta Caníbal. Evidentemente, la película, desde su mismo título, ya pone las cartas sobre la mesa pero, a partir de ahí, no se recrea ni en el morbo ni en la exposición de psicologías retorcidas al estilo de El silencio de los corderos (1991) o Seven (1995). Es la disección fría e implacable de cómo el vacío, la nada pueden ser la envoltura perfecta para los secretos más inconfesables.











Caníbal se desarrolla en el contexto de una ciudad de provincias (que podría ser la ciudad de provincias de cualquier país o de cualquier lugar) donde nada reseñable parece acontecer. Pero, si en las películas, por ejemplo, de Claude Chabrol, o en Nunca pasa nada (1963) de Juan Antonio Bardem, se partía de la fachada, de la apariencia y se iban revelando las tensiones soterradas, aquí el proceso es el inverso. Lo primero que se nos muestra es la maldad inexplicable y, a continuación, vemos el entorno donde se desarrolla la historia, de forma que el mismo viene a ser la coartada perfecta para ocultar un delito. De ahí surge otro elemento diferencial de esta película: frente a lo que es habitual en muchos thrillers criminales, que se desarrollan en escenarios típicamente urbanos donde el anonimato permite una amplia libertad de maniobra, aquí la impunidad es posible gracias al estatus alcanzado en una comunidad pequeña y cerrada.


Martín Cuenca demuestra una excepcional maestría narrativa al reducir los elementos explícitos a su mínima expresión y fiarlo todo a la asociación de ideas que genera una suma de imágenes y detalles cuidadosamente seleccionados. Igualmente, cabe destacar las inmensas actuaciones de Antonio de la Torre y de Olimpia Melinte (en un doble papel) que otorgan plena credibilidad a sus respectivos personajes.


Todo el conjunto está impregnado de una impresionante gelidez que va en paralelo a la insensibilidad del protagonista y a su incapacidad para asumir sus propios deseos y sentimientos. La película no ofrece abiertamente una explicación de la conducta del personaje principal y deja al espectador la reflexión sobre el sentido profundo del sinsentido, de modo que la mirada final de Antonio de la Torre es una interrogación que se abre ante nosotros, dejándonos en la desazón y evitando cualquier tipo de falsa redención o engañosa justicia.




Nota (de 1 a 10): 8.


Lo que más me gustó: La interpretación de Antonio de la Torre. Su excepcional maestría narrativa.


Lo que menos me gustó: Su frialdad puede descolocar a muchos espectadores.


* La frase “un cadáver pesa más que un corazón destrozado” pertenece a la novela El sueño eterno (1939) de Raymond Chandler.



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